Todo niño busca la aprobación de los adultos. Cuando su esfuerzo pasa inadvertido, los niños mismos llaman la atención sobre él (“¡Mira qué fuerte soy!”, “¡Sé escribir mi nombre!”). No es presunción; los niños necesitan refuerzo positivo para construir el respeto por sí mismos y una imagen positiva de sí, y la respuesta de los padres es clave. Un niño que no recibe reconocimiento toma uno de tres caminos, cada uno con un costo:
- Construir defensas: encontrar maneras de encubrir los sentimientos de insuficiencia.
- Sometimiento: aceptar la insuficiencia, el comienzo de una vida de anulación de sí mismo.
- Evasión: refugiarse en la fantasía para compensar el rechazo, por lo general un último recurso después de haber intentado defenderse.
Las defensas
Las defensas protegen contra el miedo, la ansiedad y la sensación de incapacidad. Ejemplos: Anita acusa constantemente a sus hermanos y exalta su propio buen comportamiento; Luisito siempre tiene que demostrar que es el más fuerte; Carina habla sin parar para que la noten. Los tres encubren una sensación oculta de ser malos, poco queribles o de no valer nada, y los padres deberían preguntarse cómo pudieron haberle transmitido esa idea a su hijo. La autora llama a esta baja autoestima oculta el núcleo de la neurosis, que describe como una cicatriz formada alrededor de una herida psicológica. Un niño con un sano respeto por sí mismo no necesita defensas.
Maritza, de ocho años, esconde sentirse inútil, débil y torpe detrás de una actitud ruidosa, mandona y dominante. Los regaños y castigos no lo van a solucionar; los padres necesitan ver qué oculta esa conducta. Practicar un deporte que disfrute podría demostrarle que es capaz y quitarle la necesidad de sobrecompensar. Sin una salida constructiva, la defensa se vuelve en su contra: los demás la rechazan, su autoestima cae aún más, su rendimiento escolar se resiente porque ser aceptada pasa a ser su prioridad, y más adelante podría buscar pertenencia en una pandilla o en conductas para llamar la atención.
La fachada perfecta
Algunos niños se defienden guardando las apariencias. Los padres de Roxana solo la valoraban cuando era amable, estudiosa y sensata, así que aprendió a ocultar el enojo, la frustración, los celos y la ansiedad y a hacer el papel de “niña buena”. Su energía se fue en parecer en lugar de ser, su potencial no se desarrolló y se convirtió en una adulta insatisfecha, desconectada de sus propias emociones. Quien construye un falso yo se condena a que los demás respondan a la máscara y no a la persona real.
Susana creció en una familia muy alegre y aprendió a ser “el alma de la fiesta” para ganarse la aprobación. La soledad detrás de la máscara la agotaba, y de adulta pasaba con frecuencia días en cama por distintas enfermedades. Al comenzar terapia a los 45 años, aceptó su verdadera naturaleza tranquila y reflexiva y descubrió que sus amigos y su familia la seguían queriendo tal como era. El punto de la autora: examinar los viejos patrones de la infancia muestra que esas máscaras ya no son necesarias para sobrevivir, y que la autenticidad atrae a la gente. Añade que las personas que no soportan que las vean sin maquillaje o con la casa desordenada a menudo esconden un yo interior que creen que no es lo bastante bueno.
El sometimiento
Un niño que no logra construir defensas adecuadas se somete. Los padres de Josefina le encontraban defectos a casi todo lo que hacía; su padre, dominante, mostraba desprecio por las mujeres, y a su madre la trataban como un trapo. Creció creyendo que no merecía respeto y, de adulta, terminó con un hombre que la maltrataba y le recordaba a diario lo poco que valía. Con la terapia, rompió ese patrón y recuperó el sentido de su propio valor.

