En 1949, la prensa recibió a la televisión como algo que reuniría a las familias en una misma habitación. Nadie previó cómo erosionaría la comunicación familiar, se multiplicaría en varios aparatos por hogar, transformaría el tiempo libre, afectaría las habilidades sociales de los niños y contribuiría a la violencia.
Rituales familiares perdidos. En muchos hogares el único momento compartido es la cena, que se come en silencio frente al televisor. La televisión ha desplazado los rituales familiares (comidas, hora de dormir, fines de semana, vacaciones) a través de los cuales las familias organizan su vida en común. Algunos padres mandan a ver televisión a los hermanos que se pelean en lugar de ayudarlos a resolver el conflicto, y los conflictos no resueltos entre hermanos acumulan resentimiento. Los miembros de la familia se van volviendo extraños; el único contacto de los padres con los hijos son las correcciones y las órdenes, así que los niños dejan de escuchar y se conectan más con la pantalla. La televisión mantiene a todos callados y los conflictos ocultos, hasta que una crisis, como abandonar los estudios o consumir drogas, revela un problema que empezó años antes.
“Estoy aburrido”
Cuando se apaga el televisor, muchos niños no saben qué hacer. La televisión ha reemplazado el esfuerzo de los padres por entretener y educar. Reducir el tiempo frente a la pantalla significa que los padres deben intervenir: el parque, los cuentos, los juegos de mesa, escuchar los problemas de un adolescente. Los niños que han pasado todo su tiempo libre viendo televisión necesitan tiempo para volver a aprender a jugar con la imaginación.
“Mi hijo no habla, solo ve televisión”
Una madre se preocupa porque su hijo de tres años, que ve televisión durante horas, casi no habla y señala las cosas en lugar de pedirlas. La autora explica los dos hemisferios del cerebro (el izquierdo para la lógica, las matemáticas y el lenguaje; el derecho para las funciones espaciales, visuales, creativas e intuitivas) y sostiene que ver mucha televisión cuando el niño apenas empieza a hablar puede estimular poco el hemisferio izquierdo y retrasar el lenguaje y el razonamiento. Citando a lingüistas como Chomsky, afirma que los niños de dos años necesitan estímulos que exijan una respuesta verbal. La televisión es una comunicación unidireccional que no pide respuesta, y fomenta la pasividad verbal y lógica.
La televisión y el juego
Desde la llegada de la televisión, los niños exploran, crean y se esfuerzan por alcanzar metas menos que antes, y la imaginación se ha empobrecido. El juego impulsa a los niños a explorar, descubrir sus fortalezas y preferencias, disfrutar, compartir y tener en cuenta los sentimientos de los demás. Frente al televisor, el niño está solo aun entre sus hermanos, lo que fomenta el egocentrismo y la intolerancia hacia otros niños. El juego obliga al niño a inventar situaciones y soluciones; la televisión se las da hechas. La televisión capta la curiosidad solo mientras el niño está enganchado, y la apaga en la vida cotidiana.
La televisión y la violencia
La autora cita un informe de la Asociación Estadounidense de Psicología según el cual el niño estadounidense promedio ha visto 8.000 asesinatos y 100.000 otros actos violentos en televisión al terminar la escuela primaria, y la violencia televisiva lleva a niños y adolescentes a usar la agresión para resolver conflictos. Señala que los canales transmiten lo que el público ve, así que cambiar de canal envía un mensaje.
Qué hacer
- Elija qué programas ven los niños y limite el tiempo frente al televisor a un máximo de alrededor de una hora diaria.
- Dedique más tiempo a conversar y jugar con ellos.
- No permita que las personas que los cuidan los estacionen frente al televisor para que “no molesten”.
- Tenga a mano juegos de mesa (ajedrez, backgammon, juegos tipo Monopoly) para los días en que no se puede salir.
Nota: El libro es anterior a los teléfonos inteligentes y las tabletas; el mismo razonamiento se aplica a las pantallas en general.

