Descubrir una mentira de un hijo puede sacudir toda la relación: los padres se sienten traicionados, dejan de confiar en lo que les dicen y no pueden proteger ni orientar a un niño que les da información falsa. El desafío es fomentar la honestidad sin agresividad, respetando a la vez la privacidad y la autonomía del niño, y sin convertir cada pequeña mentira en un drama.
Las mentiras de los propios padres. Muchas veces los padres dan el ejemplo de mentir (“Si llama la tía Rosita, dile que no estoy”). Los niños concluyen que si mamá puede hacerlo, ellos también. Un niño de 11 años preguntó por qué copiarse en un examen era peor que el hecho de que sus padres hicieran trampa con los impuestos. El ejemplo no es la única causa; el miedo al castigo, la inseguridad, la baja autoestima y la mala adaptación también influyen.
El miedo al castigo
José Luis, de nueve años, tiró el teclado de su padre del escritorio mientras jugaba a escondidas en la computadora que le habían prohibido usar solo, y luego lo negó. Mintió porque temía el enojo de su padre. La autora sugiere que el padre le pida con calma ayuda para entender qué pasó, lo elogie por decir la verdad, luego le explique por qué existe la regla y le pida que se comprometa a cumplirla, expresándole confianza en su palabra. Los niños que se sienten respetados en su palabra tienden a no romper sus promesas. El énfasis debe estar en la acción correcta, no en la mentira. Cuando aparece una mentira, los padres deben preguntarse si sus propias reacciones pasadas le dieron miedo al niño. Enfrentar una regla rota con furia es desahogarse, no enseñar.
La baja autoestima y las etiquetas
La forma de preguntar importa. En lugar de un duro “¿Quién rompió el vaso?”, pruebe con “No debimos dejar el vaso donde era fácil tirarlo. ¿Fuiste tú o tu hermana? Tenemos que tener más cuidado con las cosas frágiles”. Etiquetas como “siempre”, “nunca” o “descuidado” pasan a formar parte de la imagen que el niño tiene de sí mismo, y el niño actúa en consecuencia. Señale el descuido concreto y exprese confianza en que lo hará mejor.
Mentir para impresionar. Teresita, de siete años, le contó a su maestra una historia elaborada sobre una lujosa boda familiar que nunca ocurrió. El verdadero problema era su necesidad de ser escuchada en un hogar agitado, con padres que trabajan y llegan cansados. Aun así, estas historias no deben ignorarse, porque un niño que mezcla constantemente fantasía y realidad puede empezar a creerse sus propias invenciones, un hábito que algunos arrastran hasta la adultez.
Mentir por vergüenza
Clarita, de cinco años, se hizo pis encima porque aguantó demasiado mientras jugaba, y luego le echó la culpa a una silla mojada. El verdadero problema es su dificultad para atender las necesidades de su cuerpo. Cuando una mentira oculta vergüenza, ocúpese del origen de la vergüenza y no de la mentira, y no la castigue.
Por qué algunos niños mienten más que otros
La autora cita un estudio del Teachers College de la Universidad de Columbia con unos 11.000 niños de 2.º a 5.º grado, a quienes se les dieron oportunidades de hacer trampa, mentir y tomar dinero. El cuarenta y cuatro por ciento hizo trampa en los exámenes, y más del 80 % de ellos luego mintió al respecto; solo alrededor del 20 % lo confesó. El ingreso familiar no marcó ninguna diferencia. Los que mentían con frecuencia solían tener otros problemas de conducta (mala adaptación, pequeños robos, pereza, peleas, agresividad y, a veces, consumo de drogas). Alrededor del 90 % de los niños que mintieron mostraban baja autoestima y mala comunicación con sus padres, y el incumplimiento de las reglas estaba vinculado a una disciplina inadecuada.
Nota: Las cifras del estudio son las que informa la autora; no las he verificado con la investigación original.

