Los apodos y las burlas (“cuatro ojos”, burlarse de un niño con sobrepeso, llamar “nerd” al estudioso) son parte de la vida escolar cotidiana. Las burlas ocasionales son parte de cómo los niños practican sus habilidades verbales, descargan energía sin pelear, se ponen a prueba y definen quién pertenece al grupo. El problema es que los niños no se dan cuenta de cuánto pueden lastimar, y el blanco de las burlas todavía no es capaz de restarles importancia.
Las burlas persistentes pueden dañar la autoestima y llevar a negarse a ir a la escuela, a inventar dolores de estómago e incluso a enfermarse de verdad, lo que perjudica el rendimiento escolar y las relaciones futuras. Un niño que se avergüenza de sí mismo no puede expresarse con libertad ni desarrollar sus capacidades.
¿De quién se burlan?
Algunos niños atraen las burlas como un imán: los muy sensibles, o los que reaccionan de forma dramática llorando, escondiéndose o persiguiendo a quienes se burlan. A un niño del que se burlan una y otra vez puede costarle relacionarse con sus pares, y los padres deberían considerar con honestidad si el niño es emocionalmente inmaduro o está sobreprotegido; la terapia puede ayudar a un niño inmaduro a ponerse al día. Los niños con baja autoestima atraen las burlas de manera inconsciente. Los chicos perciben rápidamente quién va a reaccionar y repiten lo que funciona, y otros se suman, así que el blanco se siente atacado por un grupo.
Qué deben hacer los padres
- Primero, consuele. Deje que el niño exprese su enojo y su dolor. No le diga que no importa, y no se limite a decirle “no les hagas caso”; el silencio puede alentar a quienes se burlan.
- Enséñele respuestas eficaces, no a pelear. Explíquele que la violencia no resuelve nada. Practiquen en casa en un ambiente seguro, por ejemplo con un juego familiar de apodos en broma, para que el niño aprenda a encontrar una respuesta ingeniosa y vea que un apodo no es el fin del mundo.
- Desarrolle fortalezas que compensen. Un niño al que le hacen burla por sus orejas grandes o por unos kilos de más, pero que cuenta chistes geniales, hace trucos de magia o se destaca en básquetbol, se gana el respeto y se siente orgulloso.
- No sea su abogado en los conflictos comunes entre pares; necesita aprender a manejarlos. Pero si un niño se convierte en el chivo expiatorio de un grupo o en el blanco de un abusador, intervenga y hable con los maestros o con los padres del otro niño, después de haberle dado primero a su hijo la oportunidad de resolverlo.
- No lo culpe (“Te dije que se iban a burlar si llorabas en la escuela”), no lo menosprecie por no defenderse ni lo compare con un niño que sí lo hace.
Ríase con ellos, no de ellos
Muestre con el ejemplo cómo tomarse las burlas con liviandad. Una madre invitó a su hija de seis años a burlarse de su pelo despeinado, y se convirtió en un juego alegre en el que ella se reía y respondía con algo gracioso. Reírse con los niños está bien; reírse de ellos no está permitido. Los comentarios sarcásticos sobre los propios hijos pueden lastimar mucho, así que dé un paso atrás cuando la cara del niño diga “basta”. Tome en serio los relatos de burlas, ya que pueden indicar baja autoestima o inmadurez emocional, lo que puede derivar en problemas de aprendizaje, de adaptación y sociales. La autora afirma que la terapia puede ayudar a los niños a superarlos.

