En algunos hogares las peleas son tan constantes que parecen normales: aunque no haya violencia física, hay gritos, insultos y resentimiento. Muchos padres que se horrorizan con las historias de maltrato infantil sienten una furia parecida que puede causar daños duraderos. Los toma por sorpresa y desborda sus defensas. Después se asustan, se avergüenzan y contemplan a su hijo dormido llenos de ternura y culpa.
Un caso. La autora describe a una madre dulce de 35 años cuyo bebé de siete meses, con cólicos, lloraba cada vez que lo dejaba en la cuna. Agotada, con un niño de dos años a sus pies y un marido que no ayudaba, había empezado a sacudir y golpear al bebé, y luego la invadía una culpa abrumadora. Los remedios religiosos la ayudaron solo por poco tiempo. En terapia, su furia se remontó a una infancia con un padre alcohólico que golpeaba a su madre, una ira que siempre había tenido que tragarse. La terapia la ayudó a mantener la calma, su marido se convirtió en un participante activo de la disciplina, y aprendieron a poner límites para que el llanto del bebé no los dominara.
Violencia verbal
La ira también se manifiesta en gritos, insultos, críticas, portazos o en cancelar de repente una salida prometida. Cuanto más se esfuerzan los padres por reprimir los arrebatos, más violentos se vuelven. Algunos padres lo justifican (“Solo me hace caso cuando le grito”). La postura de la autora: si un niño no obedece, el problema es el método de disciplina de los padres, no el niño, y los padres deben encontrar formas de poner límites sin hacerle daño, con talleres o libros si hace falta. Señala que los hábitos de ira se propagan en la familia por imitación; una madre dice que su hijo “es igualito a su padre” cuando rompe cosas por frustración.
Tipos de ira
- Ira desplazada: dirigida a alguien que no la provocó, como una mujer enojada con su jefe que se desquita con su familia. La ira que se descarga sobre los niños muchas veces no tiene nada que ver con ellos.
- Ira acumulada: frecuente en personas que no pueden expresar con claridad sus deseos y sentimientos, de modo que la frustración se acumula hasta que algo trivial la desata. Los padres que no logran ser firmes suelen oscilar entre las explosiones y dejar que los hijos hagan lo que quieran.
- Ira por desequilibrio emocional: la ansiedad, la falta de descanso, las preocupaciones económicas, la inseguridad y el miedo pueden provocar arrebatos.
Si la ira lleva mucho tiempo, probablemente no pueda resolverla solo. Busque ayuda profesional, porque la ira quema a todos los que lo rodean, no solo a usted.

